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Estamos a escasos trece meses de
las elecciones generales del año 2000, las primeras del nuevo
milenio. Y comprobamos que, no obstante los avances en la tecnología
de los procesos electorales, se mantiene la desconfianza ciudadana
frente a la limpieza y eficacia de dichas justas.
En varios sentidos estamos frente
a elecciones más controvertidas que las polémicas
elecciones del año 1995. Una serie de hechos lamentables
las anteceden.
En primer lugar, el Congreso aprobó
una ley de "interpretación auténtica" para
posibilitar la postulación del actual presidente para un
tercer mandato. Esta ley fue materia de una acción de inconstitucionalidad
y fue declarada "inaplicable" por el Tribunal Constitucional.
Dicha decisión dio lugar a la destitución de tres
de sus miembros, cuyas vacantes no han podido cubrirse hasta el
momento.
Paralelamente, un grupo de ciudadanos
opositores a la reelección promovió la recolección
de firmas para convocar a un referéndum destinado a derogar
dicha ley de "interpretación auténtica",
Mientras se realizaba la campaña de
recolección de firmas el Congreso aprobó otra ley
por la cual, para la realización de dicha consulta popular
sería necesario contar con la aprobación previa de
un número no menor de los dos quintos del total de congresistas.
Este proceso terminó cuando,
en medio de acusaciones sobre manipulación
de los planillones, la ONPE utilizó impropiamente las firmas
de los solicitantes para remitir al Congreso la decisión
sobre el referéndum, no alcanzándose los votos parlamentarios
suficientes para proseguir con la consulta.
Por otra parte, la creación
de las comisiones ejecutivas de reforma del poder judicial y el
ministerio público (organismos que designan a dos de los
cinco miembros del JNE), ha introducido legítimas dudas sobre
la injerencia política
que podría darse en el nombramiento de los componentes del
máximo tribunal electoral.
La renuncia de todos los miembros
titulares del Consejo Nacional de la Magistratura, su recomposición
con los suplentes de los mismos, y sus
crisis actual, contribuyen también al clima de desconfianza,
porque este
organismo designa a los Jefes Nacionales de la ONPE y del RENIEC.
Finalmente, las denuncias hechas
públicas con motivo de las recientes
elecciones municipales aumentan las razones de la suspicacia ciudadana.
Al respecto, dos son los temas principales que han sido señalados
por TRANSPARENCIA: el uso de recursos públicos en las campañas
políticas,
y las dificultades logísticas y de reclutamiento y capacitación
enfrentadas
por el personal responsable de la conducción de las elecciones.
En estas condiciones, para garantizar
la legitimidad de las autoridades
a ser elegidas en los próximos comicios, resulta indispensable
tomar medidas destinadas a recuperar la confianza de los electores.
Estas medidas son
en su mayoría de carácter legal y no comprometen,
ni debe comprometer, las disposiciones constitucionales, cuya reforma
generaría aún mayor
desconfianza.
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